sábado, marzo 04, 2006

SIN EL INGENIO SUFICIENTE PARA BUSCAR UN TITULO DECENTE

Erase una vez que se era un muchacho. Era joven y muy impulsivo, algo propio a sus 17 años. No había cosa que más le gustara que sentarse cerca del mar a escuchar su música en el mp3. Era idealista, reflexionaba profundamente sobre todas las cosas y nunca daba nada por cierto hasta no estar seguro que su conevncimiento era tan grande que lo daba por cierto.

Pero tambien erase una vez que se era una muchacha. Tambien joven, de la misma edad que el chico. Sin embargo ella era una chica preocupada por temas como la moda, la popularidad en el colegio al que iba, asistir a las mejores (y más guays) fiestas y cosas así.

Eran polos opuestos. El era un perdedor en ese colegio. Nadie le pegaba ni abusaba de él, pero era peor: era un bicho raro. Ella por otra parte no era la más popular, pero estaba muy bien considerada.

Polos opuestos. Que contra toda lógica se atraían. Se amaban el uno al otro. Pero nunca se habían atrevido a dar el paso definitivo por muchas razones: qué pensarían los demas, si serían o no adecuados el uno para el otro...

Una tarde él estaba en el puerto, viendo las olas rugir e impactar ferozmente contra las rocas al ritmo de la música de Danny Elfman. Siempre le proporcionaba una calma infinita.

Calma que se derrumbó en cuanto la vió llegar. Ella sonreía. Era preciosa. Ni el más bello angel con el rostro más feliz podría acercarse a la belleza que emanaba. Ella fue la primera en hablar.

Sabía que estarías aquí. Necesitaba hablar contigo. He venido a decirte que te quiero, como estoy segura de que tú me quieres a mi. Pero no lo entiendo.

El se quedó escuchando, pero respondió.

¿Qué no entiendes?

¿Por qué yo? Tu eres un chico interesantísimo y preocupado por todo aquello que te rodea, desde la situación política del pais hasta el motivo por el que el pajarillo canta de forma triste. Yo sólo soy una chica superficial, preocupada por cosas banales que no sirven de nada. Dime entonces, ¿Por qué yo?

Lagrimas caíana lo largo del bello rostro de la joven muchacha. El chico, sin embargo sonrió.

Muy sencillo: me gusta preocuparme por esas cosas porque siento que debo hacerlo. Pero el mundo puede ser asfixiante, horrendo de la presión que ejerce sobre alguien. Por eso me gustas precisamente: eres diferente a todo lo que yo veo. Cuando estoy pensando en ti pienso en todo lo que te rodea, y ese simple hecho me hace feliz. Todo tu ser es especial, y con él todo lo que lo rodea. Eres diferente a mi, y diferente al mundo. Por eso me gustas.

Ella sonrio y él tambien. Se besaron lenta pero apasionadamente. Al fin lo habían hecho. Habían dado el paso. Ya nada importaba.

Te quiero.

Lo sé.


Hasta el mar parecía pequeño.